Me encantan las conversaciones profundas, reflexionar sobre la vida y disfrutar de las personas bonitas que elijo tener cerca.
También me apasionan todas las herramientas que nos ayudan a conocernos más. El tarot, la astrología, los Registros Akáshicos y todo aquello que nos invita a mirar hacia adentro con más amor y menos juicio.
Durante más de 20 años trabajé en mi propia empresa.
Y aunque durante mucho tiempo disfruté ese camino, hubo algo que siempre estuvo muy presente en mí: mi interés genuino por las personas y por sus historias.
Especialmente por las historias de las mujeres.
Con el tiempo entendí que no solo quería acompañarlas en sus momentos más difíciles.
También quería ayudarlas antes.
Antes de la crisis. Antes de la ruptura. Antes de volver a elegir lo mismo una vez más.
Quería que las mujeres aprendamos a querernos mejor, a escucharnos más, a confiar en nosotras mismas, a poner límites, a construir relaciones más sanas y a dejar de cargar historias que ya nos quedaron chicas.
Y de esa necesidad nació este proyecto.
Un espacio para volver a encontrarte con vos misma, elegirte con más amor y construir una historia que sí se sienta tuya.
Durante muchos años pensé que el problema era que nunca estaba conforme.
Estaba en relaciones que, desde afuera, parecían perfectas.
Buenos hombres. Profesionales. Responsables. Buenas familias.
Relaciones que, según los demás, tenían todo para funcionar.
Y cuando algo dentro mío me decía que no era feliz, muchas veces la respuesta era la misma:
“¿De qué te vas a quejar?”
“Tenés todo.”
“Estás exagerando.”
Y poco a poco empecé a creerlo.
Pensé que el problema era yo.
Que era demasiado sensible. Demasiado intensa. Demasiado complicada.
Que esperaba demasiado. Que nunca nada me alcanzaba.
Mientras tanto, mi vida seguía avanzando.
Era socia de una empresa. Tenía una pareja estable. Viajaba. Ganaba dinero.
Y sin embargo me sentía vacía.
Hoy lo veo y es como si me hubiera acostumbrado a vivir con un dolor que estaba siempre presente.
Pero no era normal.
En el proceso dejé de ser importante para mí. Dejé de preguntarme qué quería, qué necesitaba y qué me hacía feliz.
Logré separarme cuando ya no daba más.
Pero la separación no resolvió todo.
Porque el miedo seguía ahí.
Y fue entonces cuando entendí algo que cambió mi vida.
El problema no era solamente la relación.
Era la forma en la que yo me relacionaba conmigo misma.
Incluso después conocí a una persona maravillosa. Una persona a la que amé profundamente.
Y aun así no pude sostener esa relación.
No porque faltara amor.
Sino porque todavía había partes de mí que seguían viviendo desde el miedo.
Miedo a que me dejaran. Miedo a no ser suficiente. Miedo a perder algo importante.
Y por primera vez me vi de verdad.
Y me prometí algunas cosas.
No volver a abandonarme.
No dejar mis proyectos por una relación.
No poner a nadie en el centro de mi vida por encima de mí misma.
No conformarme con vínculos que no me dieran paz.
Aprender a escucharme. Aprender a elegirme. Aprender a confiar.
No fue un cambio de un día para el otro.
De hecho, pasé casi dos años sola.
Y hoy puedo decir que fue uno de los regalos más grandes que me hice.
Porque en ese tiempo volví a conocerme.
Descubrí qué me gustaba. Qué quería. Qué ya no estaba dispuesta a aceptar.
Aprendí que el amor no debería sentirse como un estado de alerta, ansiedad e incomodidad constante.
Que las relaciones más lindas no son las que te mantienen en alerta y ansiosa.
Son las que te permiten descansar.
Hoy estoy en una relación donde me siento vista.
Donde veo al otro. Donde podemos hablar. Donde puedo expresar lo que siento.
Donde mi pareja es importante para mí, pero no es lo único importante.
Y eso cambió todo.
No viniste a esta vida para adaptarte a una historia que no te hace feliz. Viniste a construir una que sí.